OCTAVIO AUGUSTO YA la bautizó como la isla del dolce far niente y el emperador Tiberio la eligió para retirarse del mundo y también para retirar a más de uno: aseguran las malas lenguas que el déspota no dudaba en arrojar a todo el que se le antojara desde el tremendo acantilado al que se asoma su Villa Jubis, hoy en ruinas. Este abrupto y bellísimo islote calcáreo, orlado de farallones y unas aguas limpias y claras, corrió un destino bastante paralelo al de la vecina Nápoles.
Vio desfilar a lombardos, normandos, angevinos o aragoneses, amén de a los piratas sarracenos, que obligaron a sus habitantes a protegerse en las estrechas callejuelas, que se podían cerrar fácilmente para salvarse de sus ataques.

YA EN LOS SIGLOS XVIII y XIX Capri comenzó a recibir a un buen reguero de aristócratas, intelectuales, poetas y artistas en busca de inspiración y de sol: Mendelssohn, Debussy, Rilke, Gorki, Oscar Wilde o Thomas Mann, cuyos pasos siguieron otros como Graham Greene, Moravia, Nureyev, Sartre y Simona de Beauvoir o Neruda. Sin emba.rgo, sobre todo a partir de la década de los 50, el cine se encargó de alimentar la leyenda de Capri con fiestas, glamour y más de un escándalo.
Cada verano, los paparazzi se apostaban frente al hotel-palacio Quisisana a la caza de estrellas de Hollywood enamoradas de la isla, como Greta Garbo, Ingrid Bergman, Audrey Hepbwn, Liz Taylor, Rita Hayworth, Jack Lemmon, Grace Kelly, Kira Douglas o Clark Gable, que protagonizó con Sofia Loren la película La isla.
Hoy, igual que ayer, los reporteros gráficos siguen haciendo su trabajo en busca de los diseñadores y modelos, deportistas de élite, príncipes y astros de la pantalla de veraneo. Porque, aunque los turistas invaden hasta lo indecible sus escuetas hechuras -la isla tiene apenas tres kilómetros de ancho por seis de largo-, lo cierto es que los ricos y famosos se las arreglan para encontrar paraísos de intimidad camuflados en los hoteles de la fama y en las villas privadas que se esconden entre los arrecifes. Es imprescindible, por esas callejuelas tan mediterráneas y morunas de la ciudad de Capri, cW'iosear por las boutiques de lujo que se agolpan en la vía Camerelle, pasear la vista por las panorámicas de escándalo que despachan sus miradores o los Jardines de Augusto, o concederse un alto en las terracitas de la pia:zzetta antes de enfrentarse con el fenomenal terraplén de la vía Krupp, para llegar al puerto pesquero de la Marina Piccola.

MIENTRAS, DESDE EL PUERTO de Marina Grande, si el mar está en condiciones favorables, podremos tomar una barca para circunnavegar la isla entera y aplaudir los destellos de la famosísima Gruta Azul, que el emperador Tiberio usaba como baño privado, o quedarnos pasmados ante la espectacularidad de la Villa Malaparte, del arquitecto racionalista Adalberto Libera, en la que se alojó Brigitte Bardot con el cineasta Jean-Luc Godard mientras rodaban la película El desprecio.
En la otra ciudad de la isla, Anacapri, es fundamental acudir a la cita con la emocionante Villa San Michele, que se hiciera construir en el s. XIX el médico y escritor sueco Axel Munthe sobre cimientos romanos.
Tras callejear sin rumbo, curioseando y descubriendo a cada paso vistas pintorescas, hay que tomar el telesilla hasta el Monte Solaro, que domina el golfo de Nápoles. Una vez en él, es fácil comprender por qué esta islita vertiginosa enamora perdidamente a todo el que la pisa.