Es hermosa, Capri. Hermosa como un sueño tanto si llegas a ella de día, cuando las olas chocan enloquecidas contra los escollos, como si lo haces de noche, cuando las luces de la Piazzetta ciegan con su resplandor las fachadas de las casas, y el mar, sumido en el sueño, acuna a las barcas amarradas en Marina Grande.
Es a este puerto, situado al norte de la isla, donde llego con un veloz ferry acompañada de otros visitantes y de las embarcaciones procedentes de Sorrento y del golfo de Nápoles. Atracar en otro lugar de la isla es casi imposible a causa de las altas rocas de la costa (Punta Carena, Punta Ventroso, Punta Tragara) y de los vientos, que soplan desde el este por la mañana y desde el nordeste por la tarde.

EN LA TIERRA FLORIDA
Desde el mar abierto diviso, en la lejanía, las costas escarpadas, llenas de grutas (hay 65 grutas, la más famosa de las cuales es la Azzurra, la gruta Azul) y ribeteadas de extraños escollos, llamados faraglioni (farallones), cuya imagen, en cierto modo un poco estereotipada, sirve sobre todo para promover el turismo.
La blancura de las villas inmersas en el verdor y la linealidad de los cultivos (principalmente limonares, naranjales y viñedos) que trepan por las escarpadas pen - dientes, contrastan con los matices cromáticos del mar.
Es encantadora, Capri. Por la atmósfera que la circunda, por sus colores y por el intenso perfume a mirto y a romero que aletea por el aire. No en vano los antiguos latinos la llamaban Insula Sirenussae, "la isla de las sirenas", la tierra que seduce.
Y Homero, a pesar de que era incapaz de reconocer las más de ochocientas cincuenta especies botánicas presentes en la isla, la definió como Antheomoessa, "la tierra florida", verde en verano y perfumada en invierno.
Es legendaria, Capri. Tiene una personalidad y un estilo de vida únicos; para algunos tal vez excesivos, pero que saben cómo implicar un poco a todos: los seguidores de la moda, los ricos, los exhibicionistas, los que frecuentan la jet set. Y sobre todo la gente común como yo, que se deja arrastrar por ese clima contagioso de
euforia, deseosa de una estación amiga , sedienta de arte y de belleza, mezclándose con los turistas que la invaden todo el año (se habla de un millón setecientos mil visitantes). Mi aventura comienza precisamente en Marina Grande, de donde parten las excursiones con las embarcaciones fueraborda descoloridas por el sol, y el funicular que, en cuatro minutos, llega al corazón de la isla, o lo que es lo mismo, a la Piazzetta, el centro vital de Capri. Pero yo sigo el consejo que me han dado de alargar el trayecto hacia la capital, recorriendo via Colombo, que va costeando villas, jardines y residencias privadas situadas en pleno matorral mediterráneo, entre adelfas y enebros. No muy lejos de la playa, en la parte occidental de la zona habitada, rodeo los restos de un palacio, que aquí llaman el palacio del Mar y que fue, probablemente, la residencia preferida del emperador August o en el año 29 a C. A lo largo de los siglos las ruinas han sido depredadas por las excavaciones arqueológicas, y entre los años 1806 y 1815 asoladas por los ejércitos franceses e ingleses, que se disputaban la posesión de la isla. Pero no importa. Su presencia tiene en sí, de todos modos, algo de eterno.
Pasando por la via Colombo diviso, cerca de una iglesia donde se custodian los restos de San Constanzo, patrón de Capri, un empinado sendero con más de quinientos escalones, trazado ya en tiempos de los griegos y más tarde reconstruido por los romanos. Es la Escala Fenicia, que lleva al castillo de Barbarroja, que cae a pico sobre el mar, en dirección a Anacapri. A poca distancia de este lugar, y semioculta entre la espesa vegetación de un parque, se yergue una gran mansión en la que en la antigüedad se encontraban los Baños de Tiberio.
Efectivamente, porque el emperador, que accedió al trono en el año 26 de nuestra era, mandó construir aquí numerosas termas y algunas villas, doce para ser exactos, y cada una de ellas dedicada a una divinidad.
A la más suntuosa de todas ellas le dió el nombre de Villa Jovis (Villa Júpiter) y la hizo levantar en uno de los lugares más inaccesibles de la isla, llamado precisamente el Monte Tiberio, en la zona oriental de Capri, y rodeada de una espesa vegetación.
El camino sigue entre escarpadas paredes de roca, caminos de herradura y pequeños muros de albañilería que separan limonares, huertos, olivares y terrazas panorámicas, como la de Santa Maria del Soccorso, que ofrece una magnifica vista sobre toda la peninsula sorrentina. Y llegamos finalmente a las ruinas de Villa Jovis: el edificio, que ocupaba una superficie de más de 7.000 m2, fue construido sobre varias terrazas comunicadas entre sí por unas grandes escaleras de mármol.
Situado en un precipicio a orillas del mar, todavía es muy visible el saliente conocido como "el salto de Tiberio" desde donde, según relata el historiador Suetonio, el emperador arrojaba al mar a sus enemigos. Todo el complejo, que pivotaba en torno a un gran cuerpo central en el que se habían dispuesto cuatro enormes cisternas para recoger el agua de la lluvia (la isla carece, efectivamente, de cursos de agua), estaba formado por la entrada y los baños en la parte sur, las habitaciones de los siervos en la parte oeste, una serie de estancias dispuestas en círculo en la parte este, y la residencia del emperador en la parte norte, con una grandiosa galería de 92 metros de largo, que el emperador utilizaba para pasear.

EN LA CAPITAL
Entro de nuevo en la capital de la isla y descubro una Capri orientalizante que a primera vista no había advertido claramente. En un espeso dédalo de calles y callejuelas estrechas, las viviendas, de toba y piedra calcárea, cubiertas de terrazas y de emparrados, alternan con construcciones de arcadas pintadas con una cal blanquísima, y con unas refinadas construcciones propias de la arquitectura típicamente mediterránea. El laberinto tortuoso de callejones me lleva hasta la plaza de Umberto I, más conocida como la "Piazzetta", un elegante salón al aire libre donde a la gente le gusta citarse y reunirse. Rodeada por la Torre del Reloj, que hay quien
considera que es el campanario de la antigua catedral, por varios edificios públicos, restaurantes y cafeterías, la plaza es el centro del más antiguo núcleo de población de la isla de Capri y sigue siendo su centro vital.
Para descansar del largo paseo que he realizado bajo el sol, me siento en la mesa de una terraza de la plaza, pido un plato de raviolis de pasta fresca, y me refresco con un vaso de limoncello helado, un licor realizado a base de limón. A mi alrededor la plaza está empezando a animarse, y me prometo a mí misma que voy a regresar a ella a última hora de la tarde, para disfrutar del espectáculo de las luces y de
las personas paseando por este espléndido escenario.
En uno de los lados de la plaza, una empinada escalinata asciende hasta lo alto de la iglesia de Santo Stefano, reconstruida a finales del siglo XVII con unas extravagantes formas barrocas y unas cúpulas de inspiración árabe. Frente a ella destaca el palazzo Cerio (palacio Cerio), que alberga un museo enteramente dedicado a la historia de la isla. Algo más adelante, en dirección a la silueta azul del mar, llego a la Cartuja de San Giacomo, del siglo XIV, en cuyo interior, según me aseguran, se custodian obras de gran valor. Un gran portalón adornado con una serie de bajorrelieves y con una pintura al fresco en forma de arco de medio punto, me conduce hasta la iglesia, cuya única nave, cubierta por una bóveda de crucero, conserva, efectivamente, restos de frescos del siglo XVII. La Cartuja es una continua sorpresa: su interior acoge igualmente un importante espacio para diferentes exposiciones (las permanentes se celebran en el museo Diefenbach) y para variados conciertos, la Biblioteca municipal y a los 120 alumnos del Liceo Virgilio.

GRUTAS Y ACANTILADOS
Me dirijo una vez más hacia las olas del mar siguiendo la calle panorámica más bella de Capri, la via Krupp, construída en 1902 por indicación del industrial alemán cuyo nombre ostenta. Tiene más de un kilómetr o de longitud y conecta los jardines de Augusto con la Marina Piccola, el otro puerto de la isla, en una sucesión de trechos cubiertos por los emparrados de las residencias y de trechos descubiertos desde los que se disfruta una vista soberbia. Entre las más bellas de todas, la que se contempla desde el Belvedere Cannone, con los farallones al pie, y la del Arco Natural, fruto de la erosión de la roca calcárea que cae a pico en la costa oriental.
En este momento mi viaje cambia de perspectiva y se convierte en un descubrimiento del mar que circunda la isla. Con una barca de remos empiezo a costear el litoral, horadado por multitud de grutas y ensenadas. Es imposible visitar todas las grutas que se abren como fauces a lo largo de la costa, por lo que la elección de unas sobre otras recae o bien en lo fantasioso del nombre con que se conoce la gruta, o en la limpidez del agua que ilumina las anfractuosidades rocosas.
O también, la mayor parte de las veces, depende del marinero que m e hace de guía, y que decide cuándo hay que evitar la aglomeración de barcas que se produce frente a las grutas más famosas. Es un hombre locuaz y le gusta describirlas casi como si las recitase de memoria. La "Posada de los Marineros", donde el agua tiene reflejos verdeazulados; la "Gruta del Arco", que contiene restos antiguos; la "Gruta de los Helechos", en la que se han encontrado diversas piezas de ceramica del período neolítico. Doblamos la Punta di Mulo y bordeamos Cala Ventroso, donde se suceden una serie de ensenadas calcáreas: la "Gruta Roja" y la "Gruta Marmola", con las paredes de color pardo amarillo; la "Gruta de los Santos", cuyas rocas hacen pensar en una serie de estatuas arrodilladas; la "Gruta Brillante", donde los rayos del sol dibujan resplandecientes espejos de luz sobre las aguas azules.

EN BARCA POR LA "GRUTA AZUL"
Finalmente se llega a la "Gruta Azul", que se abre a los pies del Monte Solaro, en el territorio de Anacapri, una de las cavidades cársicas más famosas del mundo. La importancia de la misma se intuye fácilmente: basta ver la fila de objetos flotantes que hay frente a su entrada. Como si fuese un teatro. Y la verdad es que el espectáculo
está garantizado. La luz penetra por una gran abertura que se encuentra por debajo del nivel del mar, de dos metros de ancho y algo más de un metro de altura, creando reflejos de color blanco y azul turquesa. Atravesamos en barca la galleria dei Pilastri (galería de las Columnas), que desemboca en una caverna punteada der estalactitas. Me doy una zambullida: el reclamo de la luz y del agua de color plata es realmente irresistible.
La isla de las sirenas ha surtido efecto una vez más. La belleza de la naturaleza y la atmósfera mágica que la circundan me desorientan. Pienso en todos aquellos que, antes de mí, han tenido ocasión de admirar estos mismos lugares, y que posiblemente se han emocionado tanto como yo. Pienso en el emperador Tiberio y en el emperador Augusto, que vivieron en Capri y que la amaron profundamente. Y también en todos aquellos viajeros que en el curso de los siglos la han conocido y que, en muchos casos, no consiguieron alejarse de ella nunca más. En el médico sueco Axel Munthe, que el pasado siglo regaló a los habitantes de Capri diversos parques y jardines; en el famoso poeta chileno Pablo Neruda, que la describió liricamente como "una reina de roca vestida de color púrpura y amarillo". En el escritor americano Henry James, que la consideraba "bellísima, horrible, obsesionante".
Y en el revolucionario ruso Máximo Gorky, que acudía a Capri para curarse de la tuberculosis. En el escritor Curzio Malaparte y en su encantadora villa de color rojo pompeyano que se yergue en la punta Masullo.
Y en todos aquellos hombres y mujeres que se enamoraron y se amaron en esta isla extraordinaria, compuesta de rocas, caminos de piedra, edificaciones blanquísimas, restos antiguos y un mar de color menta. Y que sigue encerrando en su interior el soplo de un alma imperial.

CÓMO IR
En avión. Con Iberia, que sale de Madrid o Barcelona, hasta Roma o Nápoles, o con Alitalia. Si se hace escala en Roma tiene que llegar en autobús o metro a la estación Termini, y tomar un tren a Nápoles.
Desde Nápoles, en el puerto hay un amplio servicio de ferrys e hidroaviones que llevan a la isla de Capri.
Por mar. El trayecto Nápoles-Capri dura 40 min en hidroavión (Navigazione Libera. Tel. 081-5527209) y 1,20h en ferry (Caremar, tel. 081-5513882). El billete sale por unas 10.000 Liras, que equivalen a unas 1.000 Ptas; el hidroavión cuesta 1.500 Ptas. Los billetes no se pueden comprar con antelación y los horarios varían según la época.

CÓMO MOVERSE
Funicular. Une el puerto de Marina Grande y la Piazzetta (cada 15 minutos. 180 Pesetas).
Minibuses Sippic. Salen de la Piazzetta y llevan a las principales
localidades (tel. 081-8370420).
Autobuses Staiano. Salen de Marina Piccola (el otro puerto) y llevan a Anacapri, al norte, a la célebre Grotta Azzurra (Gruta Azul) ya
Punta Carena (tel. 081-8372242.
Central en el viale De Tommaso.
Alquiler de motos. (c/ Marina Grande, 280. Tel. 081-8377941 o 368-558880), o en Anacapri (piazza Barile, 20. Tel. 081-8373888).
Cuestan unas 11.000 Ptas/dia, pero se puede concertar un precio cerrado si se alquilan varios días.

CÓMO MOVERSE
Funicular. Une el puerto de Marina Grande y la Piazzetta (cada 15
minutos. 180 Pesetas).
Minibuses Sippic. Salen de la Piazzetta y llevan a las principales
localidades (tel. 081-8370420).
Autobuses Staiano. Salen de Marina Piccola (el otro puerto) y llevan a Anacapri, al norte, a la célebre Grotta Azzurra (Gruta Azul) ya
Punta Carena (tel. 081-8372242.
Central en el viale De Tommaso.
Alquiler de motos. (c/ Marina Grande, 280. Tel. 081-8377941 o 368-558880), o en Anacapri (piazza Barile, 20. Tel. 081-8373888).
Cuestan unas 11.000 Ptas/dia, pero se puede concertar un precio cerrado si se alquilan varios días.
Tragara,
57. Tel. 081-8370844). Inmerso en la vegetación, está construida por el arquitecto Le Corbusier. Piscinas con agua de mar, terrazas y curas marinotermales y talasoterapia. De 38.000 a 73.000 Ptas,
Hotel Casa Morgano (via Tragara, 6. Tel. 081-8370158). Pequeña casa de 4 estrellas con las comodidades de un hotel de lujo. Es
famoso su restaurante "La Terrazza". De 50.000 a 63.000 Ptas.
Hotel La Palma (via Vittorio Emanuele, 39. Tel. 081-8370133).
Punto de referencia de la vida social y mundana de la isla. A partir de las 21.000 Ptas. diarias por una habitación doble, con desayuno.
Hotel Mamela (via Campo di teste, 8. Tel.081-8375255).
Espléndida terraza con piscina. Es silencioso y tranquilo, a pesar de
estar situado en el mismo centro.
A partir de 28.000 Ptas. por habitación doble.
Hotel Palatium (via Marina Grande, 225. Tel. 081-8376144).
Es el único hotel de Capri que tiene salida privada al mar y vistas maravillosas sobre el Golfo de Nápoles y el Vesubio. Restaurante muy
bueno. Desde 38.000 Ptas por habitación doble.

EN ANACAPRI
Palace Hotel (via Capodimonte, 2. Tel. 081-9780111). Construído
con valiosos elementos de época, como muebles de estilo Luis XVI y pavimentos de piedra y mayólica, tiene 80 habitaciones, cuatro de ellas con jardín y piscina privada, y cinco suites lujosamente amuebladas. Anexo al hotel se encuentra la Capri Beauty Farm, uno de los balnearios más modernos y prestigiosos de Europa. De 44.000 hasta
80.000 Ptas. por habitación doble con piscina y jardín privado, y 160.000 Ptas. por una suite.
Caesar Augustus (via G.Orlandi, 4. Tel. 081-8373395 y 8371421). En un acantilado a 300 m sobre el mar, posee una de las vistas más espectaculares: el Golfo de Nápoles, el Vesubio y la costa de Sorrento e Ischia. Desde 25.000 hasta 65.000 Ptas. por una suite.

DÓNDE COMER
En torno a la Piazzetta hay muchísimos restaurantes donde se pueden saborear las mejores especialidades gastronómicas de Capri y
de toda la Campania.
EN CAPRI
De Gemma (via Madre Serafina, 6. Tel. 081-8370461). Es uno de los restaurantes más históricos de Capri, con platos genuinos y a muy buen precio en el menú.
La Capannina (via delle Botteghe, 12 bis. Tel. 081-8370732). Frecuentado sobre todo por los extranjeros y turistas, aquí se puede saborear un delicioso plato genuino de linguine agli scampi.
La Cantinella (viale Matteotti, 8. Tel.081-8370616). Ofrece un panorama espectacular sobre los farallones y un tipo de cocina típicamente marinera, acompañada por unos excelentes vinos.
Da Tonino (via Dentecala, 12. Tel.081-8376718). Cerrado desde el 10 de enero al 15 de marzo es un restaurante sencillo y delicioso.
Da Paolino (via Palazzo a Mare 11. Tel. 081-8376102). Cerrado al mediodía y desde mediados de octubre hasta marzo. Ideal para degustar unos tubettoni alle cozze o una grigliata agli scampi bajo un espléndido limonero.

EN ANACAPRI
Da Mamma Giovanna (piazza Diaz, 3/5. Tel. 081-8372057).
Cerrado los miércoles, el restaurante tiene pocas plazas y todas
las mesas están al aire libre.
La Rondinella (via G.Orlandi, 245. Tel. 081-8271817). Cerrado los jueves, enero y febrero, muy frecuentado por la gente del lugar.
Da Gelsomina (via Migliera, 72. Tel.081-8371499). Cerrado los martes y del 7 de enero al 7 de febrero, ofrece una cocina muy genuina en un ambiente familiar.
Lido del Faro (punta Carena, km 4. Tel. 081-8371798). Un restaurante excelente para probar la cocina regional.

QUÉ COMPRAR
Las compras típicas que se pueden hacer en Capri están relacionadas siempre con la ropa y el calzado (en particular las sandalias). La tienda más famosa es la de Amedeo Canfora, en la via Camerelle (tel. 081-8370487), de la que actualmente se ocupa la hija del dueño.
Costanzo (en via Roma, 49. Tel.081-8378077) está especializada en la elaboración artesanal de calzado, y Le Farella (en la via Fuorlovado, 21c. Tel. 081-8375243) en géneros de punto y chales.
Otros objetos que pueden adquirirse en la isla son ánforas de todo tipo, cerámicas y diversos objetos de marquetería, que pueden encontrarse en L'lris (via G.Orlandi, 24.
Anacapri, tel. 081-8371507), quienes realizan también objetos artesanales en madera tallada y cofrecitos musicales.

PARA MÁS
INFORMACIÓN
ENIT (Organismo Oficial Italiano para el Turismo). Gran Vía, 84. 28014 Madrid.
Tel. 91 559 97 50.
Oficina de Turismo de Capri.
Tel. 081-8370686.