Capri se recorta en el brumoso Mediterráneo como una montaña flotante o un oscuro y desco munal transatlántico. Las naves que se mueven en el puerto natural de Marina Grande apenas parecen crestas del mar o aves marinas miradas desde la proa del aliscafo que se desliza hacia la isla desde Nápoles. Habrá que llegar e internarse en ese promontorio para descubrir su clima amable, sus viñedos y bosques, sus deliciosas fincas que otean un mar distante e imposible: el corazón de este peñasco calcáreo casi sin playas son sus infinitos rincones rodeados de vegetación florida, cuya siesta no se altera por el paso infatigable de turistas alemanes o japoneses. Miradas desde los 130 metros de altura del poblado de Capri, las naves parecerán juguetes. La dulzura que guarda la isla tras su caparazón de altísimas peñas habrá invadido el ánimo del viajero.
Hace más de un siglo y medio comenzó la leyenda romántica moderna de estos lugares. La leyenda general tuvo una cesura considerable. Se extendió desde la caída de Roma hasta un día de 1826 en que el poeta August Kopish y el pintor Ernst fries, acompañados por el pescador caprese Angelo Ferraro, redescubrieron la Grotta Azzurra (Gruta Azul). Europa desconocía esta maravilla natural que los antiguos romanos frecuentaron. Como hacen hoy decenas de miles de turistas, aquellos artistas aleinanes agacharon la cabeza en la breve embarcación y, por un hueco en el costado rocoso de la isla, penetraron en un sitio de Las Mil y una Noches.
El agua es allí de un azul turquesa intenso. Tan intenso que parece artificial. Como una gema, la caverna no parece un producto de la naturaleza, pero lo es Los reflejos del agua sobre las paredes de piedra de unos doce metros de altura acentúan la sensación de irrealidad. La gruta parece no tener límites. Es un mundo ilusorio. Como una piedra preciosa, exactamente, está oculta en la entraña de los promontorios ásperos y de monótono marrón colorido.
Cualquiera le dirá hoy que el c fue redescubierto y revivido.
Capri recuperó para los viajeros la intensidad pánica que habían percibido allí los romanos, pero el romanticismo le agregó algo más: el goce de los vivos contrastes de una naturaleza a la vez suave y abrupta, eglógica y trágica.
Los pintores comenzaron a viajar hacia Capri. Los siguieron los intelectuales. Tras ellos fue la nobleza. Los antiguos alberghi (hoteles), como La Palma, construido en 1826, y el Quisisana (que significa "aquí se sana"), de 1845, son las primeras señales del nacimiento del "grand tour" (es decir del nacimiento del turismo moderno) y conocieron a decenas de artistas, hombres de fortuna y excéntricos de toda naturaleza. Entre finales del Ottocento y comienzos del Novecento, la comunidad de artistas se reunía en el café Morgano, situado en la Piazzetta, pequeño y hoy tumultuoso centro de la intrincada urbanización isleña.
Allí, donde todas las noches las mesas de los tres cafés actuales son invadidas por gente que habla en inglés, alemán o italiano, donde los mozos entienden todos los idiomas y eluden el estereotipo meridional con una simpatía sin exageraciones, y donde hay alemanes en bermudas y borceguíes cerca de italianas que lucen Versace, se vio al poeta Rainer María Rilke ebrio de vino blanco Lagrime di Tiberio, a Oscar Wilde recién salido del presidio de Reading, y en las décadas siguientes a Tomasso Marinetti, creador del futurismo literario italiano, a William Somerset Maughman, a Máximo Gorki y a Vlamidimir Ilich Lenin, al conde Zeppelin y a Graham Greene, a Albert Camus y a Curzio Malaparte, a JeanPaul Sartre y a Ernest Hemingway.
El positivismo cambió aquello de la bruma y la aspereza que encierran un corazón diáfano por la salud y la luz, el descanso y la lejanía. La posguerra, más tarde, convirtió la isla en un destino clásico del jet set. Los mejores y más antiguos hoteles recuerdan las visitas de las divas del cine y de la ópera y de otros personajes de renombre mundial: reyes, príncipes, magnates. Capa sobre capa, el mito creció, pero algose mantuvo firmemente en su lugar: Capri no es otra cosa que paisaje para quienes llegan desde el continente. Un retiro no del todo lejano. Un sitio donde el brillo de figuras rutilantes se opaca no bien uno comienza la ascensión a pie (no hay otra forma) hacia, por ejemplo, las laderas del monte Tiberio (334 metros), en la que se alzan villas perdidas entre la vegetación y la roca.

De libros y películas

Allá abajo, la ven?, está la casa que se construyó Curzio Malaparte el autor de "La piel" y "Kapput". La construcción sigue la forma del peñasco sobre el mar, y la figura a la que echa mano la imaginación poética más rudimentaria es la de un cetáceo tirado sobre la piedra. Pero el cetáceo tiene un color rojo opaco, como el de un artefacto antiguo oxidado, un antiguo y reconocible artefacto familiar, de modo que los lugareños lo llaman sencilla mente ferro da stiro, es decir, plancha para la ropa. Curzio ignoró esta analogía vulgar. Dijo: "La casa es triste, dura y severa, como yo". Alojó en ella tanto a lean Cocteau como a Palmiro Tog]iatti, histórica figura del Partido Comunista italiano. Allí, JeanLuc Godard filmó "El desprecio", basada en la novela de Alberto Moravia, con Brigitte Bardot y Michele Piccoli en los papeles principales. Así de cerca y de lejos está Capri del glamour, la ultima capa de su propio mito.
Tres construcciones son testimonios de las rarezas que el amor a la isla suscitaba en los viajeros. Y unen de modo extraño el mito todo. En Anacapri (el otro poblado caprese), en la quilla de la isla y a 286 metros de altura, hay dos. Micros y taxis trepan el sinuoso camino de montaña cercano a la Escalera Fenicia, que no es fenicia, sino griega, y la forma directa de subir a pie.
En el dorso de Anacapri, sobre el Golfo de Napoles, se levanta una construcción blanca rodeada de bellísimas pérgolas bajo cuyos arcos hay capiteles y bustos romanos. El núcleo de esa construcción es una antigua capilla, la misma que en 1876 avizoró, desde la Marina Grande, un famoso médico sueco. Era famoso en Roma, especialmente entre la nobleza, de modo que consiguió comprarle la capilla a la Iglesia, a tal punto la blanca construcción clavada en la roca, allá arriba, lo había atrapado. Cuando Axel Munthe compro además las viñas que rodeaban la capilla construida circa el 970, en'honor al arcángel Miguel, comenzó a desenterrar ruinas romanas.

Una casa abierta al mar

Había dado, sin quererlo, con una de las doce villas que el emperador Tiberio edificó en Capri, el reducto desde el que gobernó entre el 27 y el 37 de nuestra era, el imperio más grande que jamás había soñado un gobernante antiguo. Los historiadores Suetonio y Tacito sembraron la ignominia de que Tiberio se refugió allí para ocultar las orgías a las que se entregaba con mujeres y mancebos, argumento endeble, si se piensa que tales orgías no escandalizaban en Roma ni a la más recatada de las patricias. Los románticos no parecieron muy interesados en esta leyenda negra. Preferían recordar más bien que el antecesor de Tiberio, Augusto, compro la isla a la ciudad de Napoli, o mejor dicho se la canjeó por la de Ischia, y la hizo propiedad de la familia imperial sólo porque quedó prendado del áspero y dulce promontorio.
Munthe, que no era romántico, pero al parecer estaba enamorado de la luz (quería una casa abierta al mar y con luz por todas partes, como escribió en un libro que fue bestseller en su momento) sin más adornó su magnífica villa con las reliquias que encontró en su huerto. Munthe no murió en la villa San Michele, murió en la fría Suecia en la que había nacido. Enamorado de la luz, había quedado ciego.
Otro excéntrico, menos enamorado de la luz, y vaya a saber de qué, llegó a Anacapri en 1876 (igual que Munthe). Este, era un coronel estadounidense y se llamaba John Cly Mac Kowen. Vio una torre aragonesa del siglo XVI (Capri pasó por manos romanas, normandas, españolas, francesas e inglesas, entre otras) y se la compró. En torno a ella construyó una casa que se conoce, sí, como Casa Roja. La llenó de todo tipo de ruinas, esculturas, pedazos de mosaicos y otras cosas antiguas y pretendió que aquello era un museo vivo, ya que a la vez constituía su propia vivienda.
La casa trepa en torno a la antigua torre, y sus paredes con almenas son un testimonio, más grueso que el de San Michele, del capricho que animaba a los viajeros que se fascinaban con Capri. Mac Kowen escribió una amplia monografia sobre Capri y en 1902 se fue de nuevo a Lousiana, de donde provenía. Hoy, la extraña Casa Roja es sede permanente de una muestra de pinturas de la isla.

Pinos y cipreses

En la otra punta de Capri, en la popa de este transatlántico, se puede uno apartar de la via Tiberio, que trepa entre muros de los que cuelgan plantas y flores en gruesos ramos, para entrar en un bosque de pinos y cipreses en cuyo interior y en el borde de la altísima orilla, aparece un edificio de diseño neoclásico. Sobre el arquitrabe reza: "Amor¡ et dolori sacrum", es decir, "consagrado al amor y al dolor". Esto es obra del conde Jacques d'Adelsward Fersen, poeta de riquísima cuna llegado a Capri a fines del XIX, corrido de París por un grave escándalo. Las amplias estancias, hoy despobladas pero siempre seguramente espartanas, se levantaron en honor de Liside, discípulo de Sócrates y por eso se llamaron Villa Lysis. En el subsuelo, el fumadero de opio azulejado es una innovación en este tipo de homenaje. No así el baño romano, parecido a un yacuzi moderno, sin embargo.
Fersen sabía bien por qué había puesto este sitio bajo la advocación del amor y del dolor. Cuando lo abandonó su joven amor, un pobre aunque atractivo muchacho romano, se quitó la vida entre el aroma de los mirtos, de los narcisos del jardín y del pinar que se abalanza sobre los acantilados.
La villa, me anuncia el vice síndico Marino Lembo, será convertida en museo de la historia antigua y moderna de Capri; "para que se comprenda cómo se construyó el mito", dice Lembo, dueño de finos bigotes y de un simpático negocio de souvenirs en la Piazzetta.
Las rocas de la isla tienen grutas consagradas antiguamente a las ninfas. Para Suetonio y Tacito eran, claro, los lugares preferidos por Tiberio para sus orgías. Si uno mira el mar desde el monte
Solaro, el más alto de Capri, comprende que quizá el capricho de un titán separó de un mazazo este promontorio de la península de Sorrento. Y que quizá por eso centenares de estelas ligeras y lejanas como las que vi sobre el Mediterráneo, se acercaron a las rocas, las rodearon, pequeñas e insistentes, siglo tras siglo, buscando la razón del exilio de ese pedazo de continente: el designio del dios. Quien acaso haya querido decirles a los mortales que el misterio se ve más claro cuando apenas un tramo de mar lo separa de la vida mundana.

IMPERDIBLE

Arte de Capri
en Bs. As.


Los cuadros que aloja la Casa Roja en Anacapri, de comienzos del siglo XIX a comienzos del XX, viajarán a Buenos Aires y serán exhibidos en una muestra "Tendencias del 900" desde el 30 de noviembre hasta el 13 de diciembre en el Centro Cultural Borges, Viamonte y San Martín. La entrada general costará 3 pesos, y la mitad para estudiantes y jubilados. Vendrán a la Argentina, especialmente para la muestra, Alessandra Lonardo Mastella y Mario Staiano, de la intendencia de Anacapri.
"Estas pinturas son producto del clima de efervescente cosmopolitismo que se inició en el período romántico", señala Antonella Basilico Pisaturo, de la Universidad de Napoli. La obra de estos pintores contribuyó a reponer en el centro de la civilización europea una isla pequeña que guardaba el encanto de lo remoto y mitológico, a apenas unas cuantas millas marinas de una ciudad que en la antigüedad y el medioevo fue de las más poderosas de la península itálica.
La convivencia del mundo clásico con la naturaleza, desde las rocas que sirvieron de trampolín a la muerte a aquellas personas que caían en desgracia frente al emperador Tiberio, hasta la quietud campestre de algunas llanuras capreses y anacrapeses, y desde la violencia del reverbero solar sobre el Mediterráneo, a la oscuridad de las numerosas grutas: todo contribuía a estimular poderosamente a los visitantes, y especialmente a los artistas, indica Basalico Pisaturo.
Rafael, Gabriel, Gonsalvo, Aquiles y Giuseppe Carelli fueron una familia de pintores que reflejó el paisaje isleño. Estaban fuertemente influidos por el paisajismo francés y por la llamada "escuela de Napoli", sobre la que gravitaban a su vez pintores como Turner y Corot.
A fines del XIX, Capri había dejado de ser un simple país de pescadores y campesinos para convertirse en una meta del turismo internacional. Algunos artistas, cuyas obras están presentes en esta muestra, se radicaron en la isla y se casaron con mujeres del lugar, como en el caso de Augusto Lovatti, Talmage White y Edouard Sain.

DATOS UTILES

Cómo llegar. Alitalia vuela a Roma. El precio del pasaje es de 839 dólares, más alrededor de 170 de impuestos. Informes: 43109999. Desde allí, a Nápoles en tren. La tarifa es de unos 22 euros. Luego, en ferry hasta Capri (45. minutos).

Dónde alojarse. Grand Hotel Quisisana, cinco estrellas, Via Caramelle, 2. Habitación doble desde unos 300 euros. Hotel La Certosella, tres estrellas. Via Tragara, 13. Céntrico y con muy buenas panorámicas, la doble desde 100 euros. También pueden alquilarse habitaciones particulares, desde unos 30 euros con desayuno.

Dónde comer. En Faraglioni, Via Camerelle 75, uno de los mejores restaurantes de cocina tradicional. La Capannina, Vico San Tommaso, 1, en el casco antiguo. Villa Verde. Via Sella Orta, 6, pizzeria y restaurante, más económico.

Dónde informarse. Hasta el 31 de diciembre, en el Ente Nacional para el Turismo Italiano, Av. Córdoba 345, 43113542. En Internet, www.enit.it y www.capri.it