La Gruta de Matromania, semi-escondida en medio del grandioso escenario de rocas que caen sobre el extremo suroccidental de la isla conserva, indudablemente en el nombre, el recuerdo de la divinidad a la que está dedicada. Pero más que al culto de Mitra, cuya introducción en la isla de Capri tuvo que ser posterior a la época julio-claudia, es obvio pensar en la Mater Magna cuyo culto coribantico en la vecina península sorrentina está testimoniada en la época de Domiciano por el poeta Stazio.

La selvática belleza del lugar entre selvas y rocas le habría convertido en un lugar especialmente adecuado para los ritos orgiásticos de la diosa Cibeles.
Fuera o no un lugar dedicado a la Mater Magna, la Gruta se nos presenta como un grandioso arco natural trasformado en un lujoso Ninfeo, destinado a recoger de un pequeña gruta al fondo, el goteo de las aguas que filtraban más lentamente, y todavía hoy rocas dominantes.
La cueva, de formas irregulares, se consolidó y regularizó por los romanos con poderosas obras de dos muros para asumir la forma de una sala rectangular con ábsides, cerrada por los lados de dos muros que originariamente sostenían el cielo a bóveda de la gruta, mientras que el fondo estaba formado por otras dos tarimas semicirculares y por la pared natural de la roca por la que brotaba y se recogía una pequeña cavidad un manantial de agua: una escalinata permitía subir hasta la tersa y preciosa fuente.
Obras y preparativos que revelan claramente el carácter de esta misteriosa gruta: más que un santuario es la adaptación de manantiales escondidos de agua de una cueva natural a la función más noble y lujosa de un Ninfeo.

Y la decoración tenía que ser no menos preciosa que la que hemos destacado en el otro ninfeo de la "Grotta dell'Arsenale": tejer musivas en pasta vítrea, incrustaciones de imitación estalactítica y madrepórica, caparazones y valvas de moluscos marinos recogidos en gran número en las exploraciones desordenadas que han hecho anticuarios y sedicentes arqueológicos, testimonian que los podios semicirculares, las paredes y la bóveda contaban, también aquí, con una decoración policroma resplandeciente de estucos y mosaicos, según el gusto y la moda que los ninfeos helenísticos habían llevado a las más ricas habitaciones de ciudad y a las más suntuosas villas romanas.
Extraído de "Storia e Monumenti" de Amedeo Maiuri
Editado por el Istituto Poligrafico e Zecca dello Stato - Libreria dello Stato