Los Vinos

El blanco y el tinto de Capri

Fruto de la “viña de racimos radiantes” importado, dice la leyenda, en un bote por el obispo de Bisanzio san Costanzo en tiempos de los emperadores romanos, el vino de Capri, cargado de sol y sabor, venía bautizado y usado como bebida refrescante “para aderezar la nieve” según un uso que se siguió usando hasta hace algunos decenios. Fueron sobre todo los golosos monjes de la Cartuja los que difundieron la usanza de beber el vino local puro y en cantidad, ya que el blanco era considerado “ligero y bastante delicado” y el tinto, siempre producido en cantidades mínimas, “suave, con cuerpo y seco”.
Exportado entre las dos guerras incluso a América y a Argentina, el vino blanco de color dorado claro se obtiene de las uvas Aglianico, Biancolella, Fiano y Greco y alcanza una graduación de once grados; el Capri tinto rubí, intenso y elaborado por el viñedo Piedirosso roza en cambio los doce grados.

Ideales para acompañar recetas de pescado o platos típicos de la tierra, los vinos de Capri dieron la fama al histórico Caffè Morgano, luego llamado Zum Kater Hiddigeigei recordando a un gato protagonista del poema de Victor Scheffel “Der Trompeter von Saekkingen”. Esta Cafetería, además de ser el corazón de la vida social de la isla entre los siglos XIX y XX, sació la sed de sus clientes más célebres. Entre estos, el conde Zeppelin que en el Monte Solaro “¡tan cercano al cielo maduró en alto con el Capri Blanco la idea de volar en dirigible!”. A exclusión de Norman Douglas, que no fue nunca un gran estimador del vino de Capri – incluso si lo engullía en la trattoria di Peppinella – la generosidad del vino de Anacapri ha seducido siempre: desde Augusto y Tiberio a Rilke y Wilde, de Krupp y Zeppelín a Lenin y Gorkij.
“...Nos sentamos por un momento bajo la pérgola a beber un vaso de vino blanco, luego nos dirigimos lentamente hacia Capri a lo largo del precioso camino admirando el panorama de la lozana montaña que se extendía a nuestros pies” escribió Axel Munth recordando melancólico el sendero serpenteante entre su Villa San Michele de Anacapri y Capri que está todavía episódicamente diseñado a viñedos.

En Año Nuevo de 1906 Rilke en cambio que todavía se esforzaba “por convertirse en un poeta puro y absoluto a toda costa”, llegado a la Placita ebrio de vino blanco llamado además “Lagrimas de Tiberio”, se quedó asombrado por el baile de la tarantella: “Qué baile…como si hubiera sido ideado por sátiros y ninfas, la naturaleza selvática, la astucia, el vino sincero”. Amaba pasear entre los viñedos de Anacapri como Lenin que huésped de Gorkij en 1908 y en 1910 se consolaba con los ligeros chistes sobre pesca (se dice que tirase demasiado pronto del sedal) jugando al ajedrez y vaciando garrafas de Capri Blanco hasta el punto que su mujer, la Krupskaja, revelara luego que de sus estancias en Capri Lenin solía recordar sólo la belleza del mar y la bondad del vino local. Gran bebedor del joven vino blanco fue Graham Greene, el autor de “El tercer hombre”, que frecuentaba con diligencia la ex Hostería Naiello, cuyo libro de huéspedes trazaba diseños y tomaba apuntes incluso gastronómicos.

En inglés naturalmente porque no obstante su estancia en Capri se negó siempre a aprender el italiano. A diferencia de Norman Douglas, desaprensivo escritor y gran bebedor: “¿Qué decir del vino? Se ha elogiado como aliado de los amantes…hace que se derrumben las defensas; libre de frenos y da alegría, aplaca todo temor en los ánimos atemorizados, y libera de la frigidez. El vino no puede hacer más, pero en las manos de un maestro basta su efecto…”.